miércoles, julio 29

Yo fuí un muchacho peronista.

Por Juan Villegas.

Dos cineastas alcanzaron en las últimas semanas una alta figuración pública en el contexto de la política argentina. Creo que ya adivinarán que me estoy refiriendo a Pino Solanas y a Jorge Coscia. La notable performance electoral de uno y la sorpresiva asunción del otro como Secretario de Cultura de la Nación presentan una coyuntura tal vez única en la relación entre cine y política en la historia nacional. El presente los encuentra a cada uno de ellos en espacios políticos enfrentados. Sin embargo, ambos reivindican su pertenencia al peronismo y a un pensamiento político que se podría resumir en eso que algunos llaman “izquierda nacional”. No es raro, por lo tanto, que Solanas, en declaraciones públicas luego de los cambios en el gabinete, no haya sido muy crítico con la designación de Coscia, como sí lo fue con los demás funcionarios.
Paso ahora, con las disculpas que corresponden, a la autobiografía. Nací en un ámbito familiar profundamente antiperonista: familia materna judía y padre marino retirado. Que mis padres se hayan casado y hayan formado una familia se puede ver como un milagro o una casualidad. Ahora pienso que tal vez lo único que unía a las familias de cada uno de ellos (y que permitió que ese casamiento se produzca) fue su común repulsión al peronismo. Crecí, entonces, en una familia para la que el peronismo era algo casi pecaminoso. Sin embargo, hacia mis trece o catorce años (estamos hablando de 1985 o 1986) me hice peronista. Hay algunos hechos que, encadenados, tal vez expliquen esta conversión. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años. A esa edad, cuenta mi madre, aprendí a leer. Como casi todos los jóvenes oficiales de la Marina durante el primer peronismo, mi padre había sido un opositor tenaz. Nunca pude chequearlo, pero mi madre asegura que llegó a estar preso por participar en actos contra el gobierno. Sin embargo, a diferencia de la tendencia conservadora / liberal de la Marina, él era un rosista acérrimo. Varios volúmenes dedicados a la biografía de Rosas y a su legado político pasaron a ocupar la biblioteca de mi cuarto. Desde muy chico supe qué era el revisionismo, quién era José María Rosa, supe de unitarios y federales, de la historia del sable de San Martín, de la Vuelta de Obligado.... Recuerdo un libro titulado Contra Rozas que recopilaba artículos contrarios al rosismo, el cual justificaba la letra “z” en lugar de la “s”, argumentando que así era el apellido original del “tirano”, tal vez para relacionarlo con el “nazionalismo”. Sin embargo, la mayor parte de los libros reivindicaban su figura y su acción política. No fue difícil para mí, a esa edad, que me terminaran convenciendo de que las acusaciones contra Rosas eran exageraciones de unitarios ofendidos, que se trataba de un patriota repudiado por la historia oficial escrita por los vencedores, de un defensor de lo nacional frente a las fuerzas extranjerizantes. Por esos años, escuchaba todas las noches a Dolina en la radio. Gracias a él, conocí a Borges y a Chesterton, pero también e Jauretche y a Scalabrini Ortiz. Ahí el círculo se cerró y me hice peronista. El revisionismo de mi padre no podía incluir a Perón como una continuidad histórica de San Martín y Rosas; el mío sí. Ayudó, obviamente, la natural tendencia de cualquier adolescente a la rebeldía. Recuerdo que unos años antes, cuando yo era aún muy chico, un tío me había preguntado de qué cuadro era. Al contestar que era de Boca, enseguida me dijo: “Espero que no seas peronista, porque no hay nada peor que un hincha de Boca y peronista”. No entendí que quiso decirme, pero lógicamente eso del peronismo se convirtió con los años en algo muy tentador, como todo lo prohibido. Por otra parte, no eran malos años para hacerse peronista. El gobierno de Alfonsín empezaba a derrumbarse de a poco y la renovación peronista estaba en pleno auge. Creo que la primera (y tal vez la única) elección nacional en la que me sentí ganador fue la del `87. Recuerdo, incluso, que el último acto de Menem en la campaña del `89 me resultó muy emocionante. Tenía 17 años y podía intuir ya algunas contradicciones entre su imagen y su discurso populares y ciertos personajes temibles que pululaban a su alrededor. A los pocos meses me desengañé y fui un antimenemista total. Sin embargo, la convicción peronista, a pesar de haberse dañado, resistía. Era sencillo identificar al gobierno de Menem con una traición a las profundas verdades peronistas. Los años fueron pasando, crecí, leí otras cosas y el peronismo dejó lentamente de ser, para mí, solamente una pura utopía romántica pero posible y fue también una forma, en general negativa, de lograr y ejercer el poder. Esa dualidad me acompañó varios años. En las discusiones políticas, cuando la cosa se ponía muy gorila, defendía a Perón. En cambio, cuando el peronismo prevalecía, enseguida salía a atacarlo. Por otra parte, Sarmiento me empezó a parecer más interesante y valioso que Rosas, el terror de la Mazorca se me aparecía como imperdonable y veía ahí el germen de una violencia que nuestro país venía sufriendo por décadas. Y un día empecé a intuir que no era peronista. Fue en 1999, durante una entrevista conjunta que le hicimos a Leonardo Favio, con otros compañeros de la revista El Amante. En un momento, Favio nos dijo, sin dejar de sonreír con simpatía: “Se nota que ustedes no son peronistas. Si no, no dirían Perón; dirían el General.” Tenía razón. Sin embargo, el golpe de gracia a mi ya débil lealtad peronista fue la gestión de Coscia en el INCAA. De pronto, ya como cineasta, debía lidiar con alguien que reivindicaba todo el tiempo a Jauretche y a aquellos valores nacionales y populares que fueron parte importante de mi adolescencia. Y yo era opositor a la gestión de Coscia. Su idea de lo que debía ser el cine argentino estaba en las antípodas de la mía. Yo creía que había que acelerar la renovación, fomentar las formas de producción alternativas y limitar las formas corporativas en la evaluación de los proyectos y películas. Y creo que a él le molestaba el lugar que nuestra generación estaba ocupando en el cine argentino, por lo que su política nunca podía ir para el lado que yo pretendía. Hoy, pasados los años, le puedo reconocer capacidad política para encauzar voluntades a su favor y lograr beneficios para el sector a partir de un buen manejo de las relaciones de poder. No es poco, pero creo que fue insuficiente. Creía entonces y sigo creyendo que el INCAA necesita un fuerte proceso de democratización, transparencia y desburocratización. Entre los méritos que puede haber tenido su gestión, no hubo rastros de nada de esto. Puedo decir, entonces, que Coscia hizo que deje definitivamente mi peronismo en el olvido. De pronto, vivía en carne propia las consecuencias de una política (de una manera de hacer política, sobre todo) y esas consecuencias no me gustaban nada. Y se trataba de un Organismo público que se reivindicaba como peronista y que formaba parte de un gobierno peronista. Fueron esos años, también, los que hicieron que me involucre políticamente, desde el PCI. Una situación que yo creía injusta contra la película Ana y los otros, ala que yo estaba ligado personalmente, me llevó a actuar de forma equivocada primero y luego con más habilidad para denunciarla y corregirla. Esa lucha personal me fue formando, me fue enseñando estrategias y modos y, sobre todo, me hizo despertar una vocación por la actividad política, aunque sea en el ámbito pequeño del cine, que estaba dentro de mí pero que no conocía. Nobleza obliga, debo reconocer que fue el mismo Coscia el que terminó destrabando la situación contra Ana y los otros. Nos hemos encontrado, luego de eso, en varias ocasiones, que incluyeron hasta la cordialidad. Sin embargo, creo que un rencor mutuo sobrevivió en todos estos años. Y fue durante la gestión de Coscia cuando tuve mi único encuentro personal con Solanas. Esto fue en el 2004, durante una mesa redonda organizada en el BAFICI acerca de políticas de fomento. Ambos estábamos invitados al debate. Yo estaba plenamente enfrentado a la gestión de Coscia en el INCAA, de una forma tal vez hasta demasiado ingenua e irresponsable. Se acababa de lanzar un nuevo plan de fomento, que limitaba la aparición de nuevos directores y parecía hecho a la medida de los productores ya establecidos. Solanas, en este contexto, se mostraba excesivamente conciliador y tolerante con las políticas del Instituto. Recuerdo que me molestó mucho su actitud. No podía creer que alguien que había arriesgado su vida por sus ideas progresistas pudiera ser tan permisivo frente a una gestión que yo sentía tan conservadora. Lo noté cansado, casi sin fuerzas, entregado. No parecía la misma persona que había hecho La hora de los hornos y que se había enfrentado al menemismo cuando realmente era valiente hacerlo. Debo admitir que nunca pude sacarme de la cabeza esa imagen. No voté en estas últimas elecciones, por encontrarme en el exterior. Sin embargo, no hubiera votado por Solanas, tal vez por el recuerdo de aquella tarde, tal vez porque me he vuelto alguien que desconfía de todo peronista. De todas maneras, tengo que decir que el Solanas de estas últimas semanas me parece infinitamente más valiente, más vital, más abierto a la pluralidad democrática y hasta más joven que aquel. Tal vez nunca lo vote, pero auguro buenas cosas para su espacio político y espero que su paso por el Congreso sea valioso para el país. En cuanto a Coscia, quiero también ser optimista y esperar que su gestión como Secretario de Cultura sea mucho mejor que lo que mis expectativas sospechan. Pensándolo bien, esta coyuntura de dos cineastas en espacios de poder puede ser una buena oportunidad para una nueva modificación de la Ley de Cine. En un punto, hay que reconocer que la última modificación de la Ley, en 1994, fue hecha bajo la presidencia de un peronista, y no precisamente de uno de los mejores. Tengo claro que la excusa debería estar dada ahora por los cambios tecnológicos que se han dado de 1994 para acá, pero el verdadero objetivo deberá ser un Instituto de Cine más democrático, más eficiente y menos corporativo, cuya principal función sea la de ayudar a que se haga un cine mejor.

2 comentarios:

  1. Anónimo6:19 a. m.

    La nota me hizo ver muchas cosas de otra manera. Yo también fui criado en un ambiente antiperonista, y también, aunque un poco más tarde que tú, sufrí la tentación de "volverme" peronista. Algo así como "si no puedes entenderlo únete a ellos", resistí y no me arrepiento, esta puñalada final de los K hubiera sido demasiado. Noto, sin embargo, un humor débil en el final, entre esperanazado y entregado "a lo Solanas". Qué difícil es todo. Gracias Juan, se ve que eres un buen tipo.
    George Lucaks

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